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jueves, 7 de abril de 2016

DON QUIJOTE CABALGA DE NUEVO

CURSO SOBRE EL QUIJOTE

Tercera salida, aventuras, parada en el castillo de los Duques y en la ínsula Barataria y, de nuevo don Quijote y su fiel escudero Sancho Panza se ponen en camino en el capítulo LVIII, después de despedirse de los duques, es entonces cuando don Quijote pronuncia su famoso discurso sobre la libertad:
Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro2 y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías3, y volviéndose a Sancho le dijo:
—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertadI así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres4. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitadII de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve5 me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre6. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo7!
Sancho ha tenido la oportunidad de mostrar su gran humanidad y sensatez a lo largo de estos larguísimos episodios en los que transitan por el castillo de los duques y en el gobierno de Sancho en la ínsula Barataria. Se simultánea las acciones de don Quijote en el castillo y las de Sancho en su ínsula con gran destreza narrativa que sabe interrumpir la acción para suscitar la atención del lector. Sancho es el verdadero protagonista porque don Quijote está en un segundo plano ante la grandeza de su escudero.

Destacamos las aventuras de Altisidora, la dueña doña Rodríguez y la sima en la que cae Sancho cuando abandona el gobierno de Barataria, así como el encuentro con Ricote (LIV)
                                                  CAPÍTULO LIIII


Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no 
a otra alguna 

Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don Quijote hizo a su vasallo por la causa ya referida pasase adelante; y puesto que el mozo estaba en Flandes1, adonde se había ido huyendo por no tener por suegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón2, que se llamaba TosilosI, industriándole primero muy bien de todo lo que había de hacer3.
De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatro vendría su contrario y se presentaría en el campo, armado como caballero, y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba4, y aun por toda la barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de casamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, y se prometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dónde se estendía el valor de su poderoso brazo; y así, con alborozo y contento, esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo, cuatrocientos siglos.
Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompañar a Sancho que entre alegre y triste venía caminando sobre el rucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del mundo.
Sucedió, pues, que no habiéndose alongado mucho de la ínsula del suII gobierno (que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o lugar la que gobernaba) vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna cantando5, los cuales en llegando a él se pusieron en ala6 y, levantandoIII las voces, todos juntos comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciabaIV «limosna7», por donde entendió que era limosna la que en su canto pedían; y como él, según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso, de que venía proveído, y dióseloV, diciéndoles por señas que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana y dijeron:
—¡Guelte! ¡Guelte8!
En la lectura vamos comprobando como la pareja cervantina se va encontrando con sus lectores, que comentan la primera parte y las características de sus personajes. Cervantes hace metaliteratura y así llegamos al capítulo LIX donde nos topamos con los lectores del Quijote apócrifo de Avellaneda y es entonces cuando los propios personajes critican de falsedad del de Avellaneda y toman decisiones, interactúan con la realidad y don Quijote allí mismo decide ir a Barcelona y no a Zaragoza. Con las antenas puestas y con los pies en el suelo hace una jugada Cervantes de jaque mate a Avellaneda. ¡Qué genialidad! Cervantes está escribiendo la segunda parte de su novela y de pronto se encuentra con un falsificador, con un pirata de su escritura, de su creación. Don Quijote se ha retirado a su aposento en una venta del camino y 
"oyó decir don Quijote:
—Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traenXVIIIla cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.
Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie y con oído alerto escuchó lo que dél trataban30 y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió:
—¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el queXIX hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda31?
—Con todo eso —dijo el don Juan—, será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena32. Lo que a mí en este más desplaceXXes que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso33.
Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho alzó la voz y dijo:
—Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerseXXI fuerza alguna.
—¿Quién es el que nos responde? —respondieron del otro aposento.
—¿Quién ha de ser —respondió Sancho— sino el mismo don QuijoteXXII de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere, que al buen pagador no le duelen prendas?
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos, echando los brazos al cuello de don Quijote, le dijo:
—Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia: sin duda vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego.
Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don Quijote y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le volvió, diciendo:
—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo34; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos35, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llamaXXIII tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia36.
y leemos su determinación fundamental:
Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que a Zaragoza, a hallarse en las justas del arnés52, que en aquella ciudadXXX suelen hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba como don QuijoteXXXI, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija falta de invención53, pobre de letras, pobrísima de libreas54, aunque ricaXXXII de simplicidades.
—Por el mismo caso —respondió don Quijote— no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.
—Hará muy bien —dijo don Jerónimo—, y otras justas hay en Barcelona donde podrá el señor don QuijoteXXXIII mostrar su valor55.
—Así lo pienso hacer —dijo don Quijote—; y vuesas mercedes me den licencia, pues ya es hora, para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número de sus mayores amigos y servidoresXXXIV.
—Y a mí también —dijo Sancho—: quizá seré bueno para algo.
Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron que estos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés.
Madrugó don Quijote y, dando golpes al tabique del otro aposento, se despidió de sus huéspedes. Pagó Sancho al ventero magníficamente y aconsejóle que alabase menos la provisión de su venta o la tuviese más proveída.

En el capítulo LX ya están Sancho y don Quijote camino de Barcelona. Se encuentran con la España del momento en el bosque de los ahorcados, con Roque Guinart, con Claudia Jerónimo.

domingo, 14 de febrero de 2016

LA LECTURA OBLIGATORIA DEL QUIJOTE

El poeta y profesor de Filología Clásica de la Universidad de Salamanca, Juan Antonio González Iglesias, en El País de hoy domingo, nos cuenta
Cómo se debe celebrar a un clásico
Los centenarios de Shakespeare y Cervantes en 2016 abren el debate sobre el papel que debe tener el poder político en los homenajes.

Cervantes y Shakespeare se incorporaron al club de los elegidos con las mismas cualidades que los grandes de Grecia y Roma. La única diferencia es que la inmortalidad de los modernos se mide por siglos, y la de los antiguos por milenios. Si en 2016 honraremos a los autores de Otelo y de El Quijote por su cuarto centenario, en 2017 recordaremos al poeta que escribió el Arte de amar y las Metamorfosis, porque se cumple su bimilenario.

Hace unos años, cuando acababa de explicar en la facultad que clásico podía entenderse como sagrado en un sentido cultural y laico, una alumna replicó que eso era una contradicción en los términos, porque desde una perspectiva laica no había nada sagrado. Intenté hacerle ver que la sacralidad cultural hace que, por ejemplo, nos horrorice la idea de ver que se quema un libro (no ya El Quijote, sino cualquier libro). Que esa sacralidad incluso puede ser contraria a la religiosa, porque las grandes religiones no han dudado en destruir a los clásicos que las contrariaban. Por último, procuré enfocarlo de otro modo: clásico quiere decir sagrado porque se refiere a una obra atemporal. Con los clásicos actúa la convención (una hermosa ficción aceptada como realidad) de que pasan por el tiempo sin que el tiempo pase por ellos. Los clásicos son lo más parecido a la eternidad laica que tenemos los occidentales. Seamos creyentes, ateos o agnósticos, podemos compartir ese tesoro, que parece intangible, pero es tan tangible como un libro o la pantalla de un lector electrónico.

Como cualquier moneda que ha transitado los siglos, los clásicos tienen anverso y reverso. En el anverso son reconocibles varios trazos preciosos: contribuyen a la memoria compartida de una sociedad, afinan la libertad singular de cada ser humano único, y están abiertos a una interpretación nueva con cada lectura. Contribuyen al consenso social porque son de todos o más exactamente están ahí para todos. No son de izquierdas ni de derechas, aunque lo fueran en su momento, —y muchos, además, no lo fueron—. Se les puede aplicar la teoría de género como se les aplicó el estructuralismo o el marxismo más duro. También se prestan a la más espiritual de las lecturas. Razonemos una de sus maravillas: 1) Plotino dijo que el bien siempre está disponible; 2) los clásicos siempre lo están; 3) ergo los clásicos son un bien.

¿Y el reverso? Su vinculación con el poder. Desde el momento mismo en que se convierten en clásicos, forman parte de lo instituido. Están asociados a los padres, a los profesores, al orden del mundo anterior a nosotros. Por eso provocan rechazo y miedo. Umberto Eco dice que la gran literatura es autoritaria, y es que, siendo como es más grande que nosotros, se nos impone ella sola, aunque nadie haga nada por imponerla. Como un avión que se sostuviera en el aire por el miedo sumado de los pasajeros, los clásicos se sostienen en su altura por el miedo sumado de quienes no los han leído.

Y aquí llega Don Quijote, que es distinto. Hace que todo lo que leemos en los libros pueda cambiar el mundo. Transforma los clásicos que él leyó en un sueño. Convierte la institución en aventura. En ese juego de niveles, la obra de Cervantes es el clásico 2.0, como mínimo.

Por eso hay que hacer que los niños y los jóvenes lean El Quijote. Igual que los llevamos a ver el Museo del Prado, no se les puede dejar solos en esa aventura, ni confiar en que lo leerán de adultos, apuntándose al club de lectura de su biblioteca o de su grupo de Facebook. Es un juego difícil, que conviene aprender gradualmente. La primera lectura de los clásicos debe ser obligada. Podría ser propuesta, sugerida u ofrecida, pero sería mejor que fuera obligada, sin miedo. Hay que haber leído El Quijote pronto, de joven, y si se puede, de niño, en alguna adaptación, que puede ser resumen o fragmento. Hay que memorizar tempranamente alguno de sus pasajes inmortales: la larga y bella frase inaugural, el elogio de la libertad, el “no hay pájaros hogaño en los nidos de antaño”, el “fui loco y soy cuerdo”. Y todo eso hay que hacerlo en la enseñanza.

Los clásicos tranquilizan, porque ofrecen estabilidad y serenidad al cuerpo social, y más aún al cuerpo mismo del lector. A la vez, los clásicos irritan, porque desafían con su autoridad las ideas preconcebidas de cada uno y los esquemas que cada época presenta como sagrados. Por ejemplo: pocas cosas más relajantes —y más irritantes— que ver cómo los clásicos desafían ahora la corrección política.

En ese juego de dualidades, los antropólogos detectan el calor y frío en la cultura. A fuerza de ser institucionales, los clásicos y sus celebraciones corren el riesgo de quedarse en la zona fría, si no congelada. ¿Qué hay en la zona caliente? Los grandes acontecimientos deportivos, el viaje, el baile, la fiesta de la cultura de masas, pero también lo que ahora se mira en la intimidad de las pantallas electrónicas. Por ahí parecen ir los fastos shakespearianos que ha preparado el Gobierno británico.

Toda conmemoración, especialmente cuando está promovida por el poder, debe participar de la paradoja bifronte de los clásicos. El poder debe honrarlos sin servirse de ellos. En la enseñanza tienen que ser obligatorios, pero precisamente para fomentar el criterio propio y cumplir el lema latino: no estudiamos para la escuela, sino para la vida.

Si manejamos la idea de un fuego sagrado, la fiesta pública del centenario debe parecerse a la llama olímpica más que a unos fuegos artificiales. La antorcha transmite y propaga, el fuego arde en un alto pebetero después de haber pasado de mano en mano muchas veces. La pirotecnia, en cambio, se queda en nada y arrastra al homenajeado hacia su abismo efímero. Lo mismo que si se trata de una celebración fría. Todo eso quizá sea peor que el olvido.

Nuestro homenaje a Cervantes debe ser tan relajante como desafiante. Debe lanzarlo hacia un futuro que ya no será nuestro, confiando en que los jóvenes hagan una lectura distinta de la que hace la generación que ahora tiene el poder.


A principios de los años 80 en un instituto público de Salamanca, el Fray Luis de León, mi profesora de literatura nos puso un examen con una única pregunta: las mujeres en El Quijote. El asunto obligaba a haber leído el libro, a tener capacidad de relación, de empatía y de crítica. Hoy es casi imposible que un profesor de instituto pueda plantear esa pregunta, entre otras cosas, porque no existe una asignatura de Literatura, materia que ha quedado subsumida en la de Lengua. Mi propuesta concreta para honrar a Cervantes en este 2016 es que quienes pacten el nuevo Gobierno, —quien sea con quien sea— instauren en las enseñanzas básica y media una asignatura de Literatura, autónoma. Este homenaje costaría poco o nada y sería una de las medidas-estrella del nuevo Gobierno. Esa Literatura podría no llevar adjetivo. O incluso estar en plural, Literaturas. Podría poner al alcance de todos la Literatura Universal (Shakespeare y Cervantes incluidos), que ahora se ofrece a muy pocos. Puestos a soñar, soñemos que el curso que viene, en algún instituto, haya un grupo de adolescentes respondiendo con entusiasmo a la cuestión de las mujeres en El Quijote. En esto como en todo, soñar es importante para que cambie lo concreto. Ya Borges vio que, con el paso de los siglos, no es Don Quijote un sueño de Cervantes, sino Cervantes un sueño de Don Quijote.

viernes, 12 de febrero de 2016

LA CUEVA DE MONTESINOS

CAPÍTULO XXII
Donde se da cuenta de la grande aventura 
de la cueva de Montesinos, que está en el corazón 
de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso
don Quijote de la Mancha

En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba determinado de entrar en ella, era menester proveerse de sogas, para atarse y descolgarse en su profundidad.
Don Quijote dijo que aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba; y, así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día a las dos de la tarde llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo, Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente con las sogas; y en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:
—Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que mazmorra.
—Ata y calla —respondió don Quijote—, que tal empresa como aquesta, Sancho amigo, para mí estaba guardada."

CAPÍTULO XXIII
De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa

"A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo sin llevar cierto ni determinado camino, y, así, determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes más soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada que por el suelo le arrastraba. Ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz. El continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y luego decirme: «Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña solo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo estupendo, . Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este transparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre». "





espeleología.

Del gr. σπήλαιον spḗlaion 'caverna' y -logía.
1. f. Ciencia que estudia la naturaleza, el origen y formación de las cavernas, y su fauna y flora.


espeleólogo, ga.

1. m. y f. Persona que se dedica a la espeleología.
L

jueves, 11 de febrero de 2016

LAS BODAS DE CAMACHO

En el Museo del Prado se encuentra este cuadro de Manuel García Hispaleto Casamiento de Basilio y Quiteria, cuadro que pintó para la Exposición Nacional de Bellas Artes de1884. En él se pueden identificar los principales personajes de este episodio de la II parte de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha.
El profesor Jesús Cañas nos dice en una página del CVC que El episodio de Las bodas de Camacho, incluido en la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, sirvió de fuente de inspiración a varios escritores españoles del siglo XVIII. En concreto, dos dramaturgos de la Ilustración se sintieron atraídos por la historia y compusieron textos basados en ella. El uno es Antonio Valladares de Sotomayor, prolífico autor popular, a quien se debe una zarzuela en verso, y en dos actos, joco-seria, titulada Las bodas de Camacho, compuesta en 1772, conservada en manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid, y hasta ahora nunca dada a la imprenta. El otro es Juan Meléndez Valdés, el gran creador neoclásico, compositor de Las bodas de Camacho el Rico.
La comedia de Meléndez (Ribera del Fresno (Badajoz), 1754 - Montpellier, 1817) vio la luz sobre las tablas el 16 de julio de 1784, en el Teatro de la Cruz de Madrid. En la función se incluyeron una loa y el sainete Los hijos de la paz, de Ramón de la Cruz, y la tonadilla de Blas de Laserna Los marineros de Aranjuez. Los decorados y el telón de boca fueron especialmente creados para el estreno. El montaje corrió a cargo de la compañía de Manuel Martínez, en la cual trabajaba por entonces la famosa cómica María Rosario Fernández, «La Tirana», que se encargó de asumir el papel de Quiteria. La obra tuvo una aceptable asistencia de público y se mantuvo en cartel hasta el 29 de julio, catorce días.
La difusión de la comedia se efectuó a través del manuscrito y a través del impreso. En la Biblioteca Municipal de Madrid se conservan dos de los primeros. En la imprenta fue publicada, en libro, en el mismo año, 1784, de su estreno sobre las tablas. Joaquín Ibarra se encargó de la edición:


Las bodas de Camacho el Rico. Comedia pastoral premiada por la villa de Madrid, para representar en el teatro de la Cruz, con motivo de los festejos públicos que executa por el feliz nacimiento de los Sereníssimos Infantes Carlos y Felipe, y ajuste definitivo de la paz. Su autor el Dr. D. Juan Meléndez Valdés. Madrid, Joachín Ibarra, MDCCLXXXIV.


domingo, 10 de enero de 2016

NUNCA SEGUNDAS PARTES FUERON BUENAS, PERO ÉSTA SÍ



Comenzamos la lectura. LXXIV capítulos nos esperan. 
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (2ª parte)
Publicado en 1615, pocos meses antes de la muerte de sus autor. Juan de la Cuesta y el librero Francisco de Robles intervienen de nuevo en su impresión y venta del libro. Con dedicatoria al conde  de Lemos, mecenas de esta parte. Incluye un prólogo al lector en el que Cervantes se duele de la crítica que hace de él el autor del Quijote apócrifo. le tacha de viejo, manco y envidioso. "Con su pan se lo coman y allá se lo haya", refrán con el que intenta cerrar la herida que le ha supuesto este Quijote de un tal Avellaneda, nacido en Tordesillas, y que quizás esconda al gran dramaturgo Lope de Vega. Cervantes se defiende y encomienda al lector " dile de mi parte que no me tengo por agraviado"..." advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a don Quijote dilatado, y finalmente muerto y sepultado". Recoge la tercera salida de don Quijote.


CALENDARIO DE LECTURAS DE 
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

ENERO

8
Preliminares
11
Cap. I
15
Caps. II-III 
18-22
Caps. IV-IX
25-28
Caps. X-XV
FEBRERO

1-5
Caps. XVI-XX
10-12
Caps. XXI-XXII
15-19
Caps. XXIII-XXVI
22-26
Caps. XXVII- XXX

MARZO

29-4
Caps. XXXI-XXXVI
7-11
Caps. XXXVII-XLII
14-18
Caps. XLIII-L
29-31
Caps. LI-LX



ABRIL
4-8
Caps. LXI-LXVIII
11-15
Caps. LXIX-LXXIV





- Capítulo Primero. De lo que el cura y elbarbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad

La novela se inicia con la rotunda referencia del narrador en tercera persona a la autoridad de narrador de Cide Hamete Benengeli:
Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda parte desta historia y tercera salida de don Quijote que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas, pero no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura.