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martes, 17 de marzo de 2015

¿ESTÁS IMPUTADO?

¿Has leído el periódico, o has visto la tele, o has escuchado la radio?  ¿Cuántos imputados hay hoy? A veces hay imputados que no son golfos. ¿o sí? Álex Grijelmo  está atento al Consejo de Ministros:



LA PUNTA DE LA LENGUA
Imputado, investigado, encausado
La decisión adoptada el viernes por el Gobierno pretende poner orden en ese notable caos

El verbo Imputar existe desde hace unos 2.500 años. Impresiona, desde luego. Eso sí, el infinitivo contaba en latín con una letra más, imputare. Poca cosa para un camino tan largo.

Su definición castellana, consecuente con la latina, se mantiene casi idéntica desde el Diccionario primigenio de 1734: “Atribuir a otro algún delito, culpa o acción”. (La actual señala: “Atribuir a alguien la responsabilidad de un hecho reprobable”).

La consideración de una persona como sujeto pasivo de una atribución de culpa, sin que ello presuponga su autoría cierta, se expresa también en otras palabras del lenguaje jurídico: denunciado, querellado, acusado, inculpado, encausado, sospechoso, detenido, investigado, procesado, juzgado... Todas las cuales se alejan de convicto, condenado, sentenciado o penado, en las que ya sí se dan por probados los hechos que antes sólo estaban atribuidos. Quizás los periodistas hemos manejado sin gran rigor todos esos términos jurídicos en los últimos decenios. Pero también los políticos, y hasta los jueces y las leyes mismas.

Una decisión adoptada el viernes 13 de marzo por el Consejo de Ministrosencaminada a suprimir imputado como término legal pretende poner orden en ese notable caos.

En efecto, hemos visto y oído en los medios informativos que a un acusado(por la policía, pongamos por caso) se le denominaba imputado, palabra que requiere para su correcto uso jurídico la intervención de un juez que determine al menos la existencia de un hecho delictivo (antes incluso que la existencia de un supuesto autor). También se ha definido como denunciado a alguien contra quien no se había formalizado ninguna denuncia, sino tal vez sólo una acusación verbal. Se aplicó el término procesado a quien se hallaba inmerso en un procedimiento abreviado, en el cual esa figura no existe; o se hablaba de investigado como si eso ya implicara una sospecha, cuando puede tratarse de procedimientos incluso rutinarios (por ejemplo, una investigación fiscal aleatoria).Y hasta se arrojaron sombras sobre alguien convocado ante el juez… como testigo.

En parte, estos problemas tienen su origen en la confusión terminológica de las propias leyes, que además entran a veces en contradicción con las definiciones del Diccionario. La todavía vigente Ley de Enjuiciamiento Criminal mezcla casi todos esos vocablos, según criticó en 2010 uno de los informes de la Comisión de Modernización del Lenguaje Jurídico, órgano asesor intregrado por una decena de expertos (académicos, periodistas y juristas). El documento citaba en concreto el “cóctel terminológico” del artículo 118.

En la norma todavía vigente, la simple garantía procesal de que una persona acudiese ante el juez acompañada de abogado ya permitía emplear la palabra imputado (pues formalmente se le podía atribuir algo), aun cuando quedara lejos la última fase de la instrucción en la cual se establecieran los motivos para que fuese a juicio y resultara por tanto imputado judicialmente. La futura ley diferenciará esas dos fases mediante dos palabras distintas: con un primer escalón en investigado y otro posterior en encausado.

Además, hemos sufrido un gran desconcierto gramatical, que ahora menguará: se imputaba algo a alguien. El hecho imputado funciona ahí como complemento directo; y la persona acusada, como indirecto; lo mismo que sucedería con el verbo atribuir: se atribuye algo a alguien también. Sin embargo, hemos leído oraciones como “Fulano ha sido imputado” (es decir, “ha sido atribuido”). Ahora se dirá en cambio “Fulano ha sido investigado”, “Mengana ha sido encausada”.

Y de paso, es verdad, se retirará a muchos políticos el incómodo término imputado, ese vocablo injusto que igualaba los diferentes grados de implicación de cada momento procesal. En eso salen ganando, sí. Pero si esta reforma sirve para que las palabras reflejen mejor la realidad, le daremos gustosos la bienvenida.

lunes, 2 de marzo de 2015

LOS EVENTOS CONSUETUDINARIOS

LA PUNTA DE LA LENGUA
Palabras para presumir del oficio

Todos usamos alguna vez vocablos de nuestra profesión que deslumbran a quien escucha, nos recuerda Álex Grijelmo en su ya habitual columna de El País . Leamos.

Alguna gente no habla como los demás, y estira su propio léxico para ciertas cosas. Cualquier persona abre una cuenta bancaria, pero el empleado de la sucursal puede interesarse acerca de qué tipo de cuenta quiere usted aperturar.

El paciente va al hospital para hacerse un análisis; sin embargo, allí le preguntarán si quiere practicarse una analítica.

A usted le duele la cabeza y siente fiebre, pero el médico le dirá que padece una jaqueca y que presenta un cuadro febril.

Si sale de viaje en avión, les contará a sus familiares que espera aterrizardentro de tres horas, pero el comandante le informará luego de que dentro de tres horas están estimando tomar tierra.

Usted llega a una fiesta solo o sola, pero si participa en una carrera ciclista querrá llegar a la meta en solitario.

Cada mañana, usted inicia la sesión de su ordenador, pero le puede aparecer el aviso de que el ordenador se está inicializando.

Alguien le para a usted en la calle y le pregunta la hora, y usted responde las cuatro menos veinte, a la vez que en la radio alguien anuncia que faltan veinte minutos para que sean las 16.00 horas.

Nosotros deseamos que los trámites ante la Administración se resuelvan cuanto antes, aunque desde esos despachos nos exijan todo a la mayor brevedad posible (sólo con lo que tardan en decir eso tan largo, ya empieza el retraso).

A un amigo le advertimos sobre una curva peligrosa en el kilómetro 78, pero Tráfico le avisará de una dificultad a la altura del punto kilométrico 78 con alta siniestralidad. Y si al final de la vía rápida nos vamos a encontrar semáforos, el cartel luminoso anunciará una regulación semafórica.

Le han robado a usted y el ladrón se ha fugado, pero la nota policial contará que el presunto delincuente se dio a la fuga.

El programa de televisión que usted sigue le ofrece mucha publicidad, así que de vez en cuando entra la publicidad, le ponen publicidad, escucha publicidad… pero la persona que está en pantalla le dirá: Y ahora nos vamos a publicidad. Y entonces o bien se queda usted quieto allí mismo, o bien se va realmente a otro sitio para no irse a publicidad quedándose quieto.

Se celebra la gala de los Oscar y decide usted conectar el ordenador para verla en directo, pero los responsables de la ciberpágina no se limitarán a informarle de que podrá seguir así la ceremonia, sino que le precisarán algo tan decisivo como que podrá verla en streaming.

Lo curioso de todo esto es que el presentador que le da la hora con un discurso lleno de más y de menos minutos arriba y abajo no comprenderá que se le indique en las carreteras el punto kilométrico de la siniestralidad y la semaforidad; aquella doctora que le recomendó una analítica sentirá extraño que a ella le reinicialicen la sesión del ordenador en vez de reanudarla; la azafata de Iberia que le habla de estar tomando tierra estimadamente dentro de tres horas verá raro que el asunto que desea resolver cuanto antes se lo prometan arreglar a la mayor brevedad posible. El policía que narra cómo el ladrón se daba a la fuga después de abrir una cerradura se preguntará por qué a él le aperturan una cuenta, y pensará en salir huyendo de la sucursal. A su vez, la empleada de banca recibirá con sorpresa el parte médico que le describe un cuadro febril cuando tiene fiebre, y que le hagan una analítica cuando necesita un análisis.

Todos nos vestimos alguna vez con palabras de nuestro oficio que deslumbran al desavisado. Pero no importa. Los demás sabrán perdonar estas imposturas si las analíticas son correctas, si los aviones llegan a su estimada hora, si los que se dan a la fuga acaban detenidos, si se agilizan los trámites a la mayor brevedad (o a la menor brevedad, nunca se sabe qué es mejor), si los bancos no nos engañan cuando nos aperturen algo, si la transmisión no se corta con el streaming, si en ese punto kilométrico arreglan la peligrosidad de la curva semafórica y si los que se van a publicidad acaban volviendo pronto de allí. 

domingo, 18 de enero de 2015

DESAFORISMOS

De nuevo, Álex Grijelmo nos habla, con humor, mucho humor, de algunas cosas que hemos dicho en clase. Leamos en su Punta de la lengua: 
Chascarrillos gramaticales
La vida y la gramática se parecen pero no son lo mismo. Por ejemplo, una cebra mantiene su género femenino aunque se trate de un macho. Lo mismo sucede con una ballena, una ardilla o una jirafa. En cambio, el topo puede ser una hembra, igual que un moscón o un ratón.

Las palabras terminadas en o tienden a ser masculinas; y las que acaban en a, femeninas; pero existen transgenéricos: “la mano”, “el día”, “el mapa”, “la radio”, “el programa”, “el pediatra”, “el guardia”, “el atleta”, “la contralto”, “la soprano”… Y los sexos biológicos son dos; pero los géneros, tres (masculino, femenino y neutro).

Si decimos "los jueces", que es masculino, eso abarca a los jueces y a las jueces. Si decimos “la judicatura”, que es femenino, también. “La persona” representa en femenino a mujeres y hombres, mientras que “el ser humano” lo hace en masculino, con el mismo resultado.

La gramática se aleja a veces de la vida, pero los términos que usa al definir sus conceptos la evocan muy a menudo. Eso facilita que hoy nos tomemos a broma sus paradojas con estos desaforismos para aficionados a los juegos lingüísticos.

♦ Una rata dura más tiempo que un rato.

♦ En la oración “el boxeador dio un puñetazo al árbitro”, el árbitro recibe directamente el puñetazo, pero es el complemento indirecto.

♦ Un problema de “sintaxis” también se da cuando no hay huelgas del transporte.

♦ Lo peor que le puede pasar a un verbo defectivo es que además sea imperfecto.

♦ Pensar no es un verbo reflexivo.

♦ Agacharse sí que es un verbo reflexivo, pero debería clasificarse como flexivo.

♦ En una oración, los elementos apuestos no tienen por qué ser muy atractivos.

♦ La gente se pregunta por qué “todo junto” se escribe separado, y “separado” se escribe todo junto. También parece raro que “exmarido” se escriba ahora todo junto cuando define a un separado.

♦ La negación de positivo es impositivo.

♦ Los pronombres demostrativos nunca han sido capaces de demostrar nada.

♦ El idioma español tiende al uso activo frente al pasivo, a diferencia de lo que ocurre ahora en la contabilidad.

♦ Los posesivos son a menudo pura ilusión. Decimos “duermo en mi casa” o “voy a mi empresa”. Pero “mi casa” es del banco. Y “mi empresa” es de… ¡anda, qué casualidad!

♦ Si usamos más los verbos imperativos para rogar, deberían llamarse rogativos.

♦ El sujeto agente no es necesariamente un guardia.

♦ En la oración “el policía detuvo al ladrón”, el sujeto es dos veces agente.

♦ En la oración “el enfermo fue operado ayer”, el sujeto es dos veces paciente.

♦ La voz pasiva es un verbo transitivo que se ha mirado al espejo.

♦ La palabra “Telefónica” no tiene prefijos.

♦ La mayoría de los adjetivos calificativos son descalificativos.

♦ En gramática, la sección de complementos no está en la sexta planta.

♦ La oración “hoy ha hecho un día muy frío y lluvioso” se construye sobre un tiempo perfecto.

♦ Los espacios vacíos de un texto están llenos de silencio.

♦ Para la ortografía, el acento es el mismo en todas las regiones.

♦ La exclamación exclama, la interrogación interroga y la interjección interjecta.

♦ Tras la reforma laboral, el prefijo ha pasado a precario.

♦ Los accidentes gramaticales son todos muy previsibles.

♦ El acusativo no depende jerárquicamente del fiscal general del Estado.

♦ Incluso el pretérito pluscuamperfecto puede tener algún defectillo.

♦ ¿Por qué copular no es un verbo copulativo?


♦ Los verbos copulativos, como ser o estar, no son los que refieren determinada actividad de los seres animados (especialmente de los muy animados), sino los que forman un predicado nominal. Eso sí, necesitan el atributo.

domingo, 23 de noviembre de 2014

De nuevo Alex Grijelmo : "Arrancar un verbo pegajoso".


De nuevo Álex Grijelmo nos ayuda a usar bien las palabras en su artículo semanal de El País. Leemos juntos: 

LA PUNTA DE LA LENGUA
Arrancar un verbo pegajoso

El idioma español dispone de muchos verbos para significar la acción de que algo da comienzo: iniciar, empezar, acometer, principiar, emprender, desatar, despegar, comenzar, desencadenar, activar, impulsar, fundar, irrumpir... Y, sin embargo, se ha extendido como una plaga en los medios informativos la reiteración hasta lo inverosímil del verbo arrancar. Así, “arranca el partido”, “arranca la inauguración”, “arranca la campaña electoral”, “arranca el juicio contra Fulano”... Y no hay manera de arrancar ese verbo del vocabulario de locutores y redactores.

Las etapas, los congresos, los campeonatos no empiezan o comienzan: arrancan. Las obras, los empeños o los programas no se acometen, se emprenden o se inician: arrancan. Los procesos, las tormentas o los acontecimientos no se desencadenan o se desatan: arrancan. Las ideas no se activan o se impulsan: arrancan.
Y, luego, cuando se trata de arrancar el coche, resulta que lo ponemos en marcha.
Esta costumbre de algunos periodistas de engancharse a determinadas palabras se va dando por rachas. Unas veces se imanta durante dos o tres años el verbo apostar (“el Gobierno apuesta por un cambio de estrategia”, “la empresa apuesta por la continuidad”); después puede reemplazarlo en su obsesiva presencia el verbo dejar, sobre todo para casos de catástrofes (“el terremoto dejó cientos de víctimas”, “el huracán dejó muchos destrozos”...), o también tumbar, en el uso judicial, político y deportivo (“el Parlamento tumba la iniciativa de la oposición”, “Alemania tumba a Brasil”, “el Constitucional tumbó la ley recurrida”).

Otro tanto ocurrió tiempo atrás con realizar, hasta el punto de que lo mismo se realizaba una obra de caridad que se realizaba un asesinato.
Y en el caso de cuanto signifique dar un comienzo a algo, durante años padecimos el abuso del verbo iniciar, defendido por muchos periodistas en nombre de su brevedad y por la finura de sus tres íes, que facilita el ajuste de los titulares.
En efecto, la cuadratura de los encabezamientos (una especie de crucigrama que hay que resolver deprisa) se facilita con letras cortas y delgadas, pues no ocupa el mismo espacio una eme (m) que una ele (l). Iniciar cobra así ventaja respecto a comenzar, gracias a su fisonomía. Esa percutiente presencia informativa, debida al menor peso que da en la báscula, se explicaba con claridad en los diarios impresos y en Internet; no tanto su uso machacón también en la televisión y en la radio.
Y ahora iniciar deja paso a arrancar en ese papel de abducir los amplios espacios semánticos que dan idea de que algo comienza.
Curiosamente, arrancar no se inventó para que equivaliera a comenzar, empezar o iniciar. Su significado primitivo se acercaba a desbandar: sacar a alguien de las filas (des-bandar), separar; y de ahí luego desarraigar, extirpar, arrebata” (Corominas y Pascual).
El Diccionario académico ofrece once acepciones de este verbo (sacar de raíz, obtener con fuerza, embestir...) antes de anotar ésta: “Partir de carrera para seguir corriendo”; y a continuación: “Dicho de una máquina, iniciar el funcionamiento”. Y en la acepción 17ª, “empezar a hacer algo de modo inesperado” (“se arrancó a cantar”); en todos estos casos como usos figurados que se iban fosilizando.
Por tanto, arranca una carrera, arranca un motor, arrancamos una raíz. Tales sentidos evocan algo que cambia de estado bruscamente o que entraña incluso cierta violencia, ya sea espiritual, física o sonora. Arranca lo que empieza con ruido (la lavadora), o de forma inesperada (la manada de bisontes que se encamina de pronto hacia el río), o con esfuerzo (el atleta que sale tras el pistoletazo). Sin embargo, el verbo “arrancar” se aplica hoy con frecuencia en los medios informativos a cualquier hecho que comience; sin matices, sin rigor, con descuido. Y así, a veces arranca una procesión, arranca un pase de modelos y hasta arranca un minuto de silencio.