domingo, 14 de febrero de 2016

LA LECTURA OBLIGATORIA DEL QUIJOTE

El poeta y profesor de Filología Clásica de la Universidad de Salamanca, Juan Antonio González Iglesias, en El País de hoy domingo, nos cuenta
Cómo se debe celebrar a un clásico
Los centenarios de Shakespeare y Cervantes en 2016 abren el debate sobre el papel que debe tener el poder político en los homenajes.

Cervantes y Shakespeare se incorporaron al club de los elegidos con las mismas cualidades que los grandes de Grecia y Roma. La única diferencia es que la inmortalidad de los modernos se mide por siglos, y la de los antiguos por milenios. Si en 2016 honraremos a los autores de Otelo y de El Quijote por su cuarto centenario, en 2017 recordaremos al poeta que escribió el Arte de amar y las Metamorfosis, porque se cumple su bimilenario.

Hace unos años, cuando acababa de explicar en la facultad que clásico podía entenderse como sagrado en un sentido cultural y laico, una alumna replicó que eso era una contradicción en los términos, porque desde una perspectiva laica no había nada sagrado. Intenté hacerle ver que la sacralidad cultural hace que, por ejemplo, nos horrorice la idea de ver que se quema un libro (no ya El Quijote, sino cualquier libro). Que esa sacralidad incluso puede ser contraria a la religiosa, porque las grandes religiones no han dudado en destruir a los clásicos que las contrariaban. Por último, procuré enfocarlo de otro modo: clásico quiere decir sagrado porque se refiere a una obra atemporal. Con los clásicos actúa la convención (una hermosa ficción aceptada como realidad) de que pasan por el tiempo sin que el tiempo pase por ellos. Los clásicos son lo más parecido a la eternidad laica que tenemos los occidentales. Seamos creyentes, ateos o agnósticos, podemos compartir ese tesoro, que parece intangible, pero es tan tangible como un libro o la pantalla de un lector electrónico.

Como cualquier moneda que ha transitado los siglos, los clásicos tienen anverso y reverso. En el anverso son reconocibles varios trazos preciosos: contribuyen a la memoria compartida de una sociedad, afinan la libertad singular de cada ser humano único, y están abiertos a una interpretación nueva con cada lectura. Contribuyen al consenso social porque son de todos o más exactamente están ahí para todos. No son de izquierdas ni de derechas, aunque lo fueran en su momento, —y muchos, además, no lo fueron—. Se les puede aplicar la teoría de género como se les aplicó el estructuralismo o el marxismo más duro. También se prestan a la más espiritual de las lecturas. Razonemos una de sus maravillas: 1) Plotino dijo que el bien siempre está disponible; 2) los clásicos siempre lo están; 3) ergo los clásicos son un bien.

¿Y el reverso? Su vinculación con el poder. Desde el momento mismo en que se convierten en clásicos, forman parte de lo instituido. Están asociados a los padres, a los profesores, al orden del mundo anterior a nosotros. Por eso provocan rechazo y miedo. Umberto Eco dice que la gran literatura es autoritaria, y es que, siendo como es más grande que nosotros, se nos impone ella sola, aunque nadie haga nada por imponerla. Como un avión que se sostuviera en el aire por el miedo sumado de los pasajeros, los clásicos se sostienen en su altura por el miedo sumado de quienes no los han leído.

Y aquí llega Don Quijote, que es distinto. Hace que todo lo que leemos en los libros pueda cambiar el mundo. Transforma los clásicos que él leyó en un sueño. Convierte la institución en aventura. En ese juego de niveles, la obra de Cervantes es el clásico 2.0, como mínimo.

Por eso hay que hacer que los niños y los jóvenes lean El Quijote. Igual que los llevamos a ver el Museo del Prado, no se les puede dejar solos en esa aventura, ni confiar en que lo leerán de adultos, apuntándose al club de lectura de su biblioteca o de su grupo de Facebook. Es un juego difícil, que conviene aprender gradualmente. La primera lectura de los clásicos debe ser obligada. Podría ser propuesta, sugerida u ofrecida, pero sería mejor que fuera obligada, sin miedo. Hay que haber leído El Quijote pronto, de joven, y si se puede, de niño, en alguna adaptación, que puede ser resumen o fragmento. Hay que memorizar tempranamente alguno de sus pasajes inmortales: la larga y bella frase inaugural, el elogio de la libertad, el “no hay pájaros hogaño en los nidos de antaño”, el “fui loco y soy cuerdo”. Y todo eso hay que hacerlo en la enseñanza.

Los clásicos tranquilizan, porque ofrecen estabilidad y serenidad al cuerpo social, y más aún al cuerpo mismo del lector. A la vez, los clásicos irritan, porque desafían con su autoridad las ideas preconcebidas de cada uno y los esquemas que cada época presenta como sagrados. Por ejemplo: pocas cosas más relajantes —y más irritantes— que ver cómo los clásicos desafían ahora la corrección política.

En ese juego de dualidades, los antropólogos detectan el calor y frío en la cultura. A fuerza de ser institucionales, los clásicos y sus celebraciones corren el riesgo de quedarse en la zona fría, si no congelada. ¿Qué hay en la zona caliente? Los grandes acontecimientos deportivos, el viaje, el baile, la fiesta de la cultura de masas, pero también lo que ahora se mira en la intimidad de las pantallas electrónicas. Por ahí parecen ir los fastos shakespearianos que ha preparado el Gobierno británico.

Toda conmemoración, especialmente cuando está promovida por el poder, debe participar de la paradoja bifronte de los clásicos. El poder debe honrarlos sin servirse de ellos. En la enseñanza tienen que ser obligatorios, pero precisamente para fomentar el criterio propio y cumplir el lema latino: no estudiamos para la escuela, sino para la vida.

Si manejamos la idea de un fuego sagrado, la fiesta pública del centenario debe parecerse a la llama olímpica más que a unos fuegos artificiales. La antorcha transmite y propaga, el fuego arde en un alto pebetero después de haber pasado de mano en mano muchas veces. La pirotecnia, en cambio, se queda en nada y arrastra al homenajeado hacia su abismo efímero. Lo mismo que si se trata de una celebración fría. Todo eso quizá sea peor que el olvido.

Nuestro homenaje a Cervantes debe ser tan relajante como desafiante. Debe lanzarlo hacia un futuro que ya no será nuestro, confiando en que los jóvenes hagan una lectura distinta de la que hace la generación que ahora tiene el poder.


A principios de los años 80 en un instituto público de Salamanca, el Fray Luis de León, mi profesora de literatura nos puso un examen con una única pregunta: las mujeres en El Quijote. El asunto obligaba a haber leído el libro, a tener capacidad de relación, de empatía y de crítica. Hoy es casi imposible que un profesor de instituto pueda plantear esa pregunta, entre otras cosas, porque no existe una asignatura de Literatura, materia que ha quedado subsumida en la de Lengua. Mi propuesta concreta para honrar a Cervantes en este 2016 es que quienes pacten el nuevo Gobierno, —quien sea con quien sea— instauren en las enseñanzas básica y media una asignatura de Literatura, autónoma. Este homenaje costaría poco o nada y sería una de las medidas-estrella del nuevo Gobierno. Esa Literatura podría no llevar adjetivo. O incluso estar en plural, Literaturas. Podría poner al alcance de todos la Literatura Universal (Shakespeare y Cervantes incluidos), que ahora se ofrece a muy pocos. Puestos a soñar, soñemos que el curso que viene, en algún instituto, haya un grupo de adolescentes respondiendo con entusiasmo a la cuestión de las mujeres en El Quijote. En esto como en todo, soñar es importante para que cambie lo concreto. Ya Borges vio que, con el paso de los siglos, no es Don Quijote un sueño de Cervantes, sino Cervantes un sueño de Don Quijote.

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